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La mujer arequipeña en la historia

Escrito por Mario Rommel Arce | Archivado en Historia de Arequipa el 08-02-2009

La condición de la mujer fue muy precaria, en el siglo XIX. En muchos casos, anularon su personalidad y expectativas. Mientras que las mujeres populares gozaron de mayor autonomía económica, trabajando como vendedoras en los mercados o administrando un negocio propio.

La idea de la mujer dócil corresponde a un marcado patrón machista, en la cual ellas fueron consideradas el sexo débil y, por lo tanto, incapaces para realizar trabajos que requerían carácter, temperamento y fuerza. Nada más alejado de la realidad. Pero no siempre se pensó así.

Recordemos sólo para ejemplarizar este caso a Trinidad Enríquez, la abogada cuzqueña que no llegó a serlo, porque se le impidió graduarse en la Universidad San Antonio Abad del Cuzco, donde había seguido estudios de derecho. Luego que inició una batalla legal que la llevó hasta la Corte Suprema de Justicia, este tribunal resolvió en su contra, alegando que el temperamento de la mujer no era afín a la abogacía, que exigía carácter. Una situación increíble hoy, pero que describe con exactitud el pensamiento de la época, de marcado acento patriarcal. Y ello debido a la influencia romana de la legislación nacional, que privilegió la figura del varón sobre la mujer. Así, por ejemplo, él fijaba el domicilio conyugal, y ella debía seguirlo adonde fuera, bajo pena de incurrir en causal de divorcio. Aunque, por otro lado, el primer código civil peruano de 1852 permitió la patria potestad de ambos padres, en lo que viene a constituir un elemento evolucionado en relación a su referente romanista.

La condición de la mujer en aquella época era muy precaria, si tenemos en cuenta que no podía dedicarse a otras actividades que no sea el hogar. Su mayor realización era ser madre de familia y vivir para educar a sus hijos. Lo que ciertamente era bastante, pero tampoco lo era todo en la vida.

Hay que precisar, sin embargo, que el rol femenino en la sociedad estaba jerarquizado. Es decir, que en el caso de las mujeres de la elite social, desempañaron roles vinculados a una vida social intensa, en círculos donde se practicaba la tertulia y las reglas de urbanidad. Era lo socialmente “correcto” y, en cierta forma, estaba condicionado a los usos y costumbres de la sociedad de su tiempo. Esto quiere decir que los fuertes mecanismos de control social anulaban su personalidad y expectativas, reduciéndola a un rol básicamente doméstico, mientras que el “hombre del hogar” era el encargado de trabajar para dar una vida “decorosa” a su familia. En ese sentido, los roles del varón y la mujer de los estratos sociales alto y medio, estuvieron muy bien definidos; lo contrario era ir contra las convenciones sociales establecidas, que no consideraban socialmente “correcto” que las mujeres de su clase trabajaran o, incluso, estudiaran. Lo que no ocurría con las mujeres de los sectores populares, que si bien es cierto la mayoría de ellas no contaban con educación básica; sin embargo, sí tenían mayor libertad de acción. Para el caso de Lima, en el siglo XIX, se sabe, por ejemplo, que muchas mujeres del pueblo fumaban y se divertían con amplitud, que igualmente trabajaban o administraban sus propios negocios.

Claro está que socialmente fueran marginadas por sus hábitos y costumbres; lo que implicó en muchos casos que ellas fueran el sostén de sus hogares. En realidad, si bien por un lado, el pensamiento de la época limita a la mujer de sociedad en su desarrollo personal; por otro lado, en el sector popular ella desarrolla un trabajo considerado marginal, pero que al mismo tiempo era vital para la subsistencia de los suyos.

Si en Lima las negras trabajaron como nanas y las indias como vendedoras de mercados, en Arequipa cumplieron similar función como lecheras, placeras del mercado, servicio doméstico, campesinas o administradoras de un negocio propio. ¿Qué otras actividades realizaron? En aquella época, fueron la retaguardia de los ejércitos, durante las guerras civiles que sacudieron al país en el siglo XIX.

Quizás el mejor retrato de la Arequipa de entonces, ha sido suministrada por las memorias de viajeros, que no sólo describieron las costumbres de la época, sino también las diferencias raciales de una sociedad jerarquizada.

Un texto que merece un comentario aparte, es el libro de Flora Tristán titulado “Peregrinaciones de una paria”, donde formula una critica a la sociedad arequipeña que ella conoció hacia la década de 1830. Un caso que llamó particularmente su atención fue el de la monja Gutiérrez, joven perteneciente a la elite social de la ciudad, que fue obligada contra su voluntad a abrazar la carrera religiosa en el monasterio de Santa Teresa. Víctima de las circunstancias, decidió huir un buen día y tal decisión le costó el rechazo social de sus contemporáneos, que no alcanzaron a entender su actitud, que en realidad pugnaba por mantener su libertad.

El libro luego será quemado y prohibida su lectura, por estimar que se trataba de un texto ofensivo a las prácticas sociales de la ciudad.

En este contexto fue difícil un rol protagónico de la mujer en la sociedad. Salvo algunas historias singulares como el caso de “La Mariscala”, personaje que también provoca la atención de Flora Tristán, o el que protagoniza María Nieves y Bustamante, en el campo de las letras, como periodista y escritora. Al igual que Mercedes Cabello de Carbonera o Clorinda Matto de Turner. Sin dejar de mencionar a Juana Gorriti y Juana Alarco de Dammert, en lo que es cultura y trabajo social, respectivamente.

María Nieves y Bustamante, autora del popular libro “Jorge o el hijo del pueblo”, fue una destacada escritora y periodista arequipeña, que también militó en la “Acción Católica” que agrupaba a hombres y mujeres, considerados conservadores. Se opusieron, por ejemplo, a la tolerancia de cultos y al matrimonio civil. Se cuenta que en cierta ocasión, un grupo de ellas encabezadas por María Nieves y Bustamante atacaron la casa del liberal Mariano Lino Urquieta, ubicada en la calle Santa Marta, como rechazo a su propuesta de acabar con la religión oficial del Estado.

En la política nacional, la mujer arequipeña también jugó un papel importante. En muchos casos, no sólo se limitaron a desempeñar el rol de esposas y madres, sino que también fueron consejeras y apoyo político importante para sus maridos. En esa línea, mencionaremos, en el siglo XIX, a Cipriana de la Torre de Vivanco, a Juana Pérez de Salaverry, a Francisca Diez Canseco de Castilla y a Magdalena Ugarteche de Prado; y, en el siglo XX, a María Jesús Rivera de Bustamante y a María Delgado de Odría.

Así llegamos a una época de cambios sociales, que acelera la participación de la mujer en otras actividades, como el trabajo en las fábricas, por ejemplo. De otro lado, el feminismo se vuelve un tema recurrente que plantea un nuevo rol de la mujer en la sociedad. De ahí que ya en el debate constitucional de 1931, se plantee el voto femenino.

Víctor Andrés Belaunde se pronuncia por el voto femenino irrestricto. Como razón arguye que “la mujer trabaja como nosotros. La mujer paga los impuestos como nosotros y si no presta el servicio militar, da los hijos que lo prestan”. En cambio, los apristas tienen una proposición singular. Se oponen al voto femenino irrestricto, defendiendo solamente el derecho a voto de las mujeres trabajadoras.

Mientras que en Arequipa una joven mujer con inquietudes sociales, Adela Montesinos y Montesinos, publica en el diario local “Noticias” un artículo titulado “Feminismo”, donde destaca la figura de la mujer más allá de los roles tradicionales que siempre desempeñó.

Bajo el seudónimo de “Alma Moreva”, Adela Montesinos (1910 – 1976) dio a luz varios artículos sobre el mismo tema que provocaron la reacción de la escritora Hortensia Málaga de Cornejo Bouroncle. Su hija, Dunia Espinoza Montesinos, refiere que Adela escribió usando seudónimo para protegerse de las críticas sociales de su tiempo. Afirma también que Juan Manuel Polar Vargas fue el intermediario entre ella y el periódico.

En Lima se vincula al grupo de José Carlos Mariátegui y, hacia 1939, participa en la primera huelga de telefonistas, que lucharon por mejores condiciones de trabajo.

Esta mujer arequipeña poco conocida, fue poeta y luchadora social, precursora del feminismo en Arequipa y la primera mujer –dice Dunia Espinoza Montesinos- en proclamarse comunista, en un mitin realizado por su partido político en Lima.

Hasta entonces la mujer estuvo al margen de las decisiones políticas. No podía elegir ni ser elegida. Fue recién para las elecciones generales de 1956 que se hizo por primera vez presente el voto femenino.

En resumen: las mujeres populares fueron mucho más independientes económicamente que las mujeres de la elite social, que en la mayoría de casos tan sólo dependían de sus maridos. Esta mayor autonomía de las mujeres que trabajan, hizo que a la vez se replanteara su rol dentro de la familia.

Finalmente, la mujer arequipeña en la historia cumple hoy en todos los sectores sociales un rol igualmente importante en la política, en el trabajo y en la vida profesional, contribuyendo así al progreso de la ciudad y el país. 

 

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